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En el año 823 un ermitaño, conocido como Pelayo (o Paio) observó unos destellos que provenían de la profundidad del bosque. Tras observarlos durante diversos días, Pelayo informó a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, sobre el hecho.

Juntos comenzaron a investigar de dónde provenían la luces. Fue así como descubrieron, el Arca Marmárica, el mausoleo romano que custodiaba los restos del apóstol Santiago.

Ésta había caído en el olvido tras la muerte de los dos discípulos que velaron los restos del santo, desde que su cuerpo fue enterrado en Galicia, allá por el año 44 d.C. Con el paso del tiempo, el Arca Marmárica había quedado cubierta por la tierra.

Dado que el descubrimiento se realizó gracias a las luces resplandecientes que observó el ermitaño, los destellos fueron interpretados como señales divinas. Eso llevó a denominar al lugar como Campus Stellae (Campo de Estrellas), de donde proviene el actual nombre de Compostela.

Cuando el obispo Teodomiro informó al monarca de la época, Alfonso II, éste no tardó en emprender un viaje a pie desde Oviedo, para confirmar con sus propios ojos el descubrimiento. Tras constatar que los restos que se hallaban allí pertenecían al santo, ordenó construir, sobre el Arca Marmárica, una pequeña iglesia para custodiar el sepulcro.

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